Enriquecer vocabulario y empobrecer territorio mental.

Venía pensando en mis ratos de «jace Jace», poniendo en práctica el método de descanso de mi abuela, que consistía en cambiar de actividad. Eso hago mientras estoy en las tareas de la tierra, donde ando en el «conmigo en migo», dando espacio a los pensamientos que van llegando como llegan en  los paseos peripatéticos, oxigenantes, que ya pusieron en práctica los filósofos de la antigua Grecia.

En esos ratos de oxígeno, cuando la mente divaga sin cortapisas, sana como el vuelo de una mariposa, voy haciéndome tales cuestionamientos.

Y de ahí viene este punto que expreso.

La expresión de «el país» refiriéndonos a las papitas, las castañas, el queso, las nueces, los jaramagos, los tomates, en fin, a lo de temporada y lo de conservarlas para el resto de las estaciones, tenían un sentido territorial y estacional amplio.

Había un saber heredado, de muy atrás, porque lo sabían otros que estuvieron antes que tú, y lo fueron drenando en su pasar por la vida. Detrás de esa expresión, tan de los isleños, habitantes nativos de estas caspitas flotantes en el Atlántico, se aglutinaba el oficio, el territorio y la comunidad.

Hoy usamos la expresión Km0, o, ante la controversia de su significado, productos de cercanía.

En la expresión, sin duda novedosa, moderna y refrescante, hay cierto desprecio a la vez que una mezcla de algo de hipocresía cuando se trata de productos foráneos visto en un mercado o en pequeñas tiendas.

Esta actitud velada y de la que es muy probable que no seamos conscientes,  se me hace evidente en algunos momentos de lucidez cuando observo los productos que llegan de influencias de cualquier parte del mundo, entrando por la puerta de los sibaritismos sin apenas cuestionamientos, o en la kilométrica acción de andar de acá para allá  en una moda de probar de todo y hacer turismo de paladar, a la vez que hacemos hacemos kilómetros y kilómetros, ceros aparte, para estar en las ferias, llámense km0, responsables, etc.

una vez más, los absurdos nos golpean y nos muestran la inflexibilidad a lo que viene de lugares que signifiquen cruzar el charco, sin cuestionarnos el conjunto ni sus tramoyas, cuando en la idea de los productos del país estaba el sentir de la coherencia, el cariño y el realismo.

El orgullo de quien producía anunciando del país, el orgullo de quien llenaba la despensa con el país, se va quedando reducida a una expresión que pasa al olvido y que ha sido tan nuestra y tan llena de significado que no puedo más que sentir pena ante una nueva idea métrica y, diría, carente de todo el contenido y riqueza que asocia «el país».

Este asunto no había cobrado tanta fuerza en mí hasta que no me he parado a reflexionar gracias a mi querido amigo Pepe, un agricultor que se gobierna sólo y del que aprendo mucho.

Y a modo de final, un último ejemplo que dejo como cierre. Si vas fuera de canarias y dices que te dejen queso del país, es muy probable que te miren y te pregunten ¿de qué país?. Seguramente no ando equivocada al pensar que es condición de los isleños saber delimitar lo que significa un producto del país.

A lo mejor reflexionar sobre mantener lo que nos define en perímetros que nos amplían pudiera ser un ejercicio que nos acerque más a la tan deseada defensa del territorio y de la identidad.

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